El Tránsito Fue Realmente Infernal

Después de un día de trabajo tenso, con problemas y más problemas que resolver, numerosos mail y llamadas telefónicas que contestar, todo lo que Pablo más quería era llegar a casa, comer algo, hundirse en el sofá y ver cualquier cosa en la televisión. Pero, los minutos perdidos en el automóvil se convirtieron en horas.


Cuando llegó a su casa, ya era de noche. Entró por la puerta de la sala, se quitó los zapatos, tiró su maletín en una esquina, dijo un “¡Hola!” apresurado a su esposa y apenas vio a sus dos hijos, que jugaban en la alfombra. Se dio una ducha caliente, se puso ropa cómoda y se sentó a la mesa para cenar.


–¿Tienes algo para comer? –preguntó con sequedad. –Tu mamá llamó hace un rato. Se quejaba de que no la visitas hace meses. –Ella sabe que no tengo tiempo. Tengo mucho para hacer. Cuentas por pagar. Problemas que resolver. Y la nueva supervisora no me quita el ojo de encima. Mujer complicada. Parece tener miedo del futuro, que la compañía quiebre. Es difícil trabajar con ella. ¡Me está volviendo loco!


–Es que tú solamente hablas de esto últimamente: problemas, cuentas, supervisora. ¿Al menos te diste cuenta de que tus hijos están allí, en la sala? Marcos me preguntó toda la tarde a qué hora ibas a llegar. –¿Todos los días lo mismo? ¡Solo reclamos, reproches! ¡Me reclaman en el trabajo, me reclaman en casa! ¿Crees que es fácil mantener a la familia solo? Estas últimas palabras golpearon a Silvia profundamente. No era justo. Ella había dejado de trabajar por motivos de salud, y él lo sabía. Por supuesto que fue una bendición pasar más tiempo con los niños, pero escuchar las quejas de su marido todos los días se hacía insoportable.


–Nuestros niños están creciendo y apenas conocen a su padre. Por no hablar de nuestro matrimonio… –¿Me puedes dar un respiro? Estoy cansado, con dolor de cabeza y sin paciencia para esta conversación. En ese momento la hija de Pablo, una niña de seis años con pelo rizado y ojitos verdes, se acercó a la pareja y le entregó un sobre a su padre, quien respondió con brusquedad:
 

–¡Ahora no, hija! ¿No ves que tu madre y yo estamos hablando? Se puso el papel en el bolsillo de todos modos, haciendo caso omiso de la niña, que se fue con los ojos llenos de lágrimas.


–¡Eres un reverendo estúpido! ¿No ves lo que estás haciendo con tu familia? –¡Para mí fue sufciente! Me voy a la habitación. Perdí el apetito. Pablo tenía la clara sensación de que estaba perdiendo el control de su mundo. Un hombre tan seguro, tan lleno de sí mismo, no estaba sabiendo cómo administrar su propia vida. Los pensamientos negativos lo atormentaban. Su cerebro parecía arder, y los malos recuerdos del pasado empeoraban todo. Ese cuerpo de mediana edad estaba demasiado cansado debido a la falta de ejercicio físico.


¿Cómo tener tiempo para eso? La supervisora estresada vivía pidiéndole informes. No quería pensar en nada más. Solo quería descansar, dormir y, tal vez, no despertar. Cuando giró hacia un lado, sintió algo en el bolsillo. Tomó el sobre arrugado, lo abrió y encontró una breve carta escrita con lápices de colores. Se le revolvió el estómago, y leyó: “Papi, te amo”.

“SECRETOS DEL BIENESTAR EMOCIONAL “ –  JULIÁN MELGOSA Y MICHELSON BORGES.

Agujero Negro

¿Como Superar las Preocupaciones?

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